Roma, 25 de Abril de 1980

Comentario a la Palabra de Vida:

Les doy un mandamiento nuevo: ámense los unos  a los otros. Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros (Jn 13,34).

Se preguntarán cuándo dijo Jesús estas palabras. Habló así antes que comenzara su pasión, cuando pronunció el discurso de adiós que constituye su testamento, del cual estas palabras forman parte. Pensemos qué importantes son.
Si lo que dice un padre antes de morir no se olvida nunca ¿qué será de las palabras de un Dios? Tratemos de comprenderlas profundamente.

Les doy un mandamiento nuevo: ámense los unos  a los otros. Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros.

Jesús está por morir y todo lo que dice se relaciona con ese próximo acontecimiento. Su inminente muerte requiere la solución de un problema. ¿Cómo puede permanecer entre los suyos para llevar adelante la Iglesia? Sabemos que Jesús está presente en las acciones sacramentales, por ejemplo en la Eucaristía de la misa.
También está presente donde se vive el amor recíproco. Él dijo: “Porque donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, yo estoy presente en medio de ellos” (Mateo 18, 20). Por lo tanto, en la comunidad que vive profundamente el amor recíproco, puede permanecer eficazmente presente.
Y a través de la comunidad seguir revelándose al mundo, influyendo en la humanidad. ¿No es espléndido? ¿No dan ganas de vivir inmediatamente este amor junto a nuestros prójimos? Juan, que recoge las palabras que estamos profundizando, ve en el amor recíproco el mandamiento por excelencia de la Iglesia, cuya vocación es ser comunión, ser unidad.

Les doy un mandamiento nuevo: ámense los unos  a los otros. Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros.

Jesús dice inmediatamente después: “En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros” (Juan 13, 35).
Por lo tanto, si queremos buscar el verdadero signo de autenticidad de los discípulos de Cristo, si queremos conocer su distintivo, tenemos que individualizarlo en el amor recíproco puesto en práctica.
Los cristianos se reconocen en este signo. Si falta, la humanidad no descubre a Jesús en la Iglesia.

Les doy un mandamiento nuevo: ámense los unos  a los otros. Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros.

El amor recíproco crea la unidad. ¿Y qué produce la unidad? “Que todos sean uno –agrega Jesús- para que el mundo crea” (Juan 17, 21). Al revelar la presencia de Cristo, la unidad arrastra al mundo tras Él.
Frente a la unidad y al amor recíproco el mundo cree en Él.

Les doy un mandamiento nuevo: ámense los unos  a los otros. Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros.

En el mismo discurso de adiós Jesús llama “suyo” a este mandamiento. Es suyo y por lo tanto lo queremos especialmente. No debemos entenderlo simplemente como una norma, una regla o un mandamiento igual a los demás.
Jesús quiere revelarnos una manera de vivir, quiere decirnos cómo encarar la existencia. En efecto, para los primeros cristianos este mandamiento era la base de sus vidas.  Decía Pedro: “Sobre todo, ámense profundamente los unos a los otros” (1 Pedro 4, 8).
Antes del trabajo, antes del estudio, de la misa y de cualquier otra actividad, tenemos que verificar si reina entre nosotros el amor mutuo. De ser así, todo tiene valor. Sin ese fundamento nada es agradable a Dios.

Les doy un mandamiento nuevo: ámense los unos  a los otros. Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros.

Además dice que este mandamiento es nuevo. “Les doy un mandamiento nuevo”. ¿Qué significa? ¿Acaso que se trata de un mandamiento no conocido?
No. Nuevo significa que es para los tiempos nuevos. ¿Y de qué se trata, entonces? Jesús murió por nosotros. Es decir que nos amó sin medida. ¿Cómo era su amor? Ciertamente no como el nuestro.
El suyo era un amor divino.  Nos dice: “Como el Padre me amó, también yo los he amado a ustedes” (Juan 15, 9). Es decir que nos amó con el mismo amor con el que se aman Él y el Padre. Con ese amor tenemos que amarnos unos a otros para realizar el mandamiento nuevo. Un amor que nosotros, en cuanto hombres y mujeres, no poseemos.
Pero lo recibimos por ser cristianos. ¿Y quién nos lo dona? El Espíritu Santo lo infunde en los corazones de todos los creyentes. Por lo tanto, existe una afinidad entre el Padre, el Hijo y los cristianos gracias a que poseemos el mismo amor divino.
Ese amor nos introduce en la Trinidad, nos hace hijos de Dios. Por ese amor el cielo y la tierra están unidos por una gran corriente. Por él la comunidad cristiana es llevada a la esfera de Dios y la realidad divina vive en la tierra cuando los cristianos se aman.
¿No es divinamente hermoso todo esto y extraordinariamente fascinante ?

Chiara Lubich

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