Roma, 25 de mayo de 1982

Comentario a la Palabra de Vida:

He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo (Mt 28, 20).

Jesús ha resucitado y, deseando hablar con los discípulos, los envía a un monte de Galilea y les da sus instrucciones para el futuro. Está rodeado nuevamente de los once, que se postran ante El, plenamente conscientes de que el que ahora está en medio de ellos es el Señor del cielo y de la tierra.

El Padre ha premiado al Hijo dándole “todo poder”, también el de venir a juzgar el mundo al final de los tiempos.
Jesús confía a su vez, a los discípulos la misión de anunciar en su nombre la salvación a todos los pueblos. Esto sucederá a través del bautismo y “enseñando a observar” lo que El ha mandado. El bautismo, de hecho, no basta: debe traducirse en vida.
Pero la grandiosa empresa de llevar la luz a todas las naciones no será obra humana, porque Jesús dice:

He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.

Antes de volver como juez, Jesús continuará estando cerca de sus discípulos, sosteniéndoles. Estará presente entre ellos, no sólo cuando se reúnan en torno a la mesa para celebrar su muerte y resurrección y para nutrirse de la Eucaristía, sino siempre y en todo lugar.
Se inicia, por tanto, para la humanidad una nueva era caracterizada por una presencia: la de Jesús Resucitado. Esta presencia es la realidad que unifica el mundo, que reúne continuamente a “todas las gentes” de todas las épocas, de todas las latitudes y las introduce en el Reino de amor del Padre. Esta presencia constituye la Iglesia en su esencia más profunda.

He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.

A Jesús se le llama el Emmanuel, que significa: Dios con nosotros. Con su resurrección El está verdaderamente con nosotros, junto a todos nosotros.
Y ya que Jesús está vivo entre nosotros, las palabras que El pronunció hace dos mil años no son sólo un espléndido recuerdo de una personalidad del pasado, sino las que El nos dirige ahora a mí, a ti, a cada uno de nosotros personalmente.
El nos trae consuelo y salvación: continúa sirviéndonos, sobre todo si somos pobres, si estamos solos, en la prueba. El nos ayuda en las caídas y nos alienta en las dificultades.

He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.

El vive en su Iglesia. ¿Dónde podemos encontrarlo entonces? ¿Dónde podemos llegar mejor a El?
El está a la vuelta de la esquina, está junto a mí, junto a ti.
Se esconde en el pobre, en el despreciado, en el pequeño, en el enfermo, en el que pide consejo, en el que no tiene libertad; en el feo, en el marginado… El lo dijo: “…Tuve hambre y me diste de comer…” (Mt 25, 35)
Está presente cuando rezamos así de unidos y con un solo corazón. Y su presencia hace que lo que pidamos sea eficaz.
Su presencia se manifiesta como asistencia y ayuda a los que lo anuncian al pueblo. Por tanto, también a todos nosotros que estamos llamados a dar testimonio de El.
El está presente en aquellos que han sido elegidos como sus ministros.
Y finalmente tú ya lo sabes: El está ahí, en todos los puntos de la tierra, en la dulcísima Eucaristía.
¿Qué más quieres?
Aprendamos, durante este mes, a descubrirlo allí donde está. Dejemos que nos dirija sus palabras divinas. Dejemos que nos tienda su poderosa mano.

Chiara Lubich

Texto

 

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