Roma, 1970

Cuando el Papa Pablo VI comentó el Credo, hizo dos afirmaciones que tuvieron un eco especial en nuestro corazón e hicieron resonar verdades antiguas con una vibración nueva. Hablando de Dios afirmó: «Él es Aquel que es y Él es Amor»1.
Y entre las características de Cristo recordó que: «Él nos dio su mandamiento nuevo, de amarnos los unos a los otros como Él nos amó»2 .
Antes del Concilio, a pesar de que estas verdades siempre habían existido, para el pueblo estaba claro, sobre todo, que Dios es Aquel que es, y que Jesús nos salvó.

Ahora, la palabra amor, que expresa la esencia de Dios, y el mandamiento del amor, que resume los deseos de Cristo, aclaran mejor estos puntos cardinales de nuestra fe.
No sólo eso, sino que esta definición más explícita de quién es Dios y la consiguiente fe en ella por parte del pueblo cristiano, pueden ser el inicio de una renovación general en la vida de la Iglesia.
En efecto, una cosa es saber que podemos recurrir a un Ser que existe, que tiene piedad de nosotros y que ha pagado por nuestros pecados, y otra es vivir y sentirse en el centro de las predilecciones de Dios, eliminando como consecuencia todo miedo que frena, toda soledad, todo sentido de orfandad y toda incertidumbre.
Cuando una joven sabe que es amada, la vida cambia para ella; todo a su alrededor le parece más hermoso, y cada detalle adquiere valor. Ella misma trata de ser más buena y complaciente con los demás.
Infinitamente más fuerte es la experiencia del cristiano cuando adquiere una compresión más profunda de la verdad de que Dios es Amor.
Sucede que la vida monótona de cada día adquiere color, la vida trágica se dulcifica, una existencia dramática se apacigua, y uno está dispuesto a cambiar sus propios planes limitados para adaptarse a otros previstos en el Cielo.
La persona sabe que es amada y cree con todo su ser en este amor. Se abandona confiada en él y lo quiere seguir.
Las circunstancias de la vida, tristes o alegres, quedan iluminadas por un motivo de amor que las ha querido o permitido todas.
Detrás de todo hecho, de toda circunstancia, de todo encuentro, de todo deber, está la voluntad de Uno que ciertamente ama sin engaño y conduce todo hacia el bien.
Y para la criatura, antes débil y vacilante, comienza una relación con el Creador invisible que la hace segura, fuerte, iluminada y amante.
Muy pronto ocurre que a la revelación, a la declaración de amor de su Dios, el alma no sabe resistir si no es declarando a Dios su propio amor.
Y así comienza la ascensión hacia la meta a la que todos estamos llamados: ser perfectos cristianos, ser santos.
Dios Amor, creer en su amor, responder a su amor amando son los grandes imperativos de hoy.
Es lo esencial que la generación actual espera. Sin ello, el mundo se expone a correr y escorarse hasta descarrilar, como un tren.
Descubrir, o mejor aún, redescubrir que Dios es Amor es la más grande aventura del hombre moderno.

Chiara Lubich

1 Insegnamenti di Paolo VI, vol. VI, Città del Vaticano 1968, p. 302.

2 Ibid., p. 303.

(EscEsp/2, pp. 147-149)

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