Roma, 1969

Todo hombre, cualquiera que sea, es digno de  nuestro respeto y de nuestra confianza.

«Si conocieras el don de Dios y quién es que te dice: “¡Dame de beber!”...» (Jn 4,10).
Jesús no pierde tiempo respondiendo a la samaritana sobre las disputas entre judíos y samaritanos. Su lenguaje impresiona, encanta, transporta de la Tierra al Cielo.  
Parece que le salga el corazón de su pecho en el deseo de dar lo mejor que trae a la Tierra: el don de Dios.
Son las dos cosas que quiere dar a los hombres: la gracia y el conocimiento de Aquél que da esta «agua viva».  « ¡Agua viva»! (Jn 4,10).

¡Es magnífico! ¿Pensamos en ello? Un agua viva. Viva.
Es viva la vida en cualquiera que conoce y posee la vida. Así es la gracia de Dios: es la vida del alma.
¡Jesús es fantástico! ¡Qué poco lo conocemos si no leemos con amor el Evangelio!
Nos hemos hecho de Él una imagen propia, según alguna piedad tradicional . Pero, en el Evangelio aparece como es: Dios.. Un Dios... que habla, que está cansado, que camina, que tiene discípulos... ¡Un Dios-Hombre! ¡Así justamente!
¡Y después aquella respuesta!
«Soy yo, el que habla contigo»  (Jn 4,26).
Aquí nos quedamos sin palabras. Sí, Jesús no hacía discriminación de personas. El hombre, sea quien sea, es profundamente digno de nuestro respeto y de nuestra confianza. A la samaritana que ha tenido cinco maridos y de los cuales ni siquiera el actual es el suyo, Jesús se manifiesta plenamente. Y lo dice tan divinamente bien, con la sencillez que sólo Dios sabe usar: «Soy yo, el que habla contigo». Yo en carne y hueso. No un fantasma. No uno que está lejos. Yo, aquí.
¡Oh Jesús! Hubiera querido verte. Tu mirada, tu aspecto, tu comportamiento, tu nobleza. Pero no hay más que esperar algún año más y por lo tanto despachar aprisa los trámites del pasaporte directo para el Cielo, pagando anticipadamente el Purgatorio sobre la Tierra.
¡Paraíso, Paraíso! Dame, Dios mío, que éste sea siempre  mi espontáneo anhelo. Cierto que, cuando así sea, se habrá conquistado una gran meta.

 Chiara Lubich

(De Saber perder, Ciudad Nueva, Madrid 1969, Págs. 81-83.)

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