21 de abril de 1984

La familia: tema altísimo y recurrente en el pensamiento y en la vida de Chiara Lubich. Este escrito de 1984 introduce a la familia en su designio, es decir, en su ser en el plan de Dios iglesia doméstica, «morada acogedora para todos los hijos dispersos».  Por lo tanto, miar a María, para vivir con su ejemplo y con su ayuda «el proyecto luminoso y fascinante de Dios sobre la familia en todas sus expresiones».

El día de la Anunciación, Juan Pablo II consagró y confió la humanidad al Corazón Inmaculado de María durante el Jubileo del Año Santo para las familias. La coincidencia con este acontecimiento no es ciertamente una casualidad. De hecho, existen profundos vínculos entre María y la familia; por lo menos porque ambas son grandes expertas en el amor.

María lo conoció en su corazón, desde un nivel simplemente natural, en sus más variados aspectos como hija, novia, esposa, madre –aunque siempre virgen- y viuda. La familia es el reino del amor. En ella nace, crece y se desarrolla el amor filial, matrimonial, maternal, paternal, fraternal.

María, madre del Amor Hermoso, conoció abundantemente también el amor sobrenatural: nacida llena de gracia, la cubrió la sombra del Espíritu Santo -el Amor en persona- cuando el Verbo se encarnó en su vientre. Después, más adelante fue ungida por sus llamas en Pentecostés, cuando se convirtió plenamente en madre espiritual de todos nosotros, los cristianos. Por este doble nacimiento, Ella es modelo, arquetipo, forma de la Iglesia. La familia, lugar en el que  por el bautismo nacen los hijos de Dios, ha sido santificada por el Espíritu Santo, Espíritu de amor, con el gran sacramento del matrimonio; y se ha vuelto miniatura y corazón de la Iglesia.

Cuando el Papa dio lectura al acto de consagración de la humanidad a María, comenzó con estas palabras: «La familia es el corazón de la Iglesia. Desde este corazón se eleva hoy un acto de particular consignación al corazón de la Madre de Jesús». Y así de corazón a corazón, en esa intensa comunión que se había creado con la celebración de la Eucaristía, del corazón del Padre universal henchido de preocupación por las necesidades de la humanidad surgió, a gran voz, la oración de consagración a la Virgen María para que cuide muy especialmente de la familia humana.

El Papa estaba allí, arrodillado ante la blanca efigie de la Virgen de Fátima.

En aquel momento, para muchos de los que estábamos allí presentes era imposible no recordar el 13 de mayo de 1981, día del atentado: justamente aquel día lo había escogido el Santo Padre para anunciar a toda la Iglesia la creación del Pontificio Consejo para la Familia.

Ahora en la Plaza de San Pedro abarrotada hasta lo inverosímil, estaban ante la Virgen de Fátima, reunidas simbólicamente junto a él -como flor surgida de su dolor y de su sangre-, todas las familias de la Iglesia, signo de todas las familias del mundo. 

Así el Santo Padre, como Pastor supremo, al confiar el mundo a María, podía contar no sólo con la comunión de todos los Pastores de la Iglesia, «formando un cuerpo y un colegio», sino también con la plena adhesión de los hijos de la Iglesia representados por muchas familias de muchas naciones.

Todos conocemos cuánto Juan Pablo II, en su infatigable dedicación al servicio de la Iglesia, insista en el tema de la familia. En ella deposita las esperanzas de la humanidad; a ella le confía el futuro de la vida.

Con su peculiar carisma de paternidad espiritual, puesto de manifiesto incluso en sus obras dramáticas -como por ejemplo en aquella joya que es Rayos de paternidad, representada en la Sala Pablo VI ante su autor el mismo día del Jubileo de las familias-, él advierte que las amenazas del mal y las esperanzas del bien pasan a través de ese corazón de la Iglesia que es la familia. Ahora también, en este día solemne, al confiar el mundo a la Madre de Dios, no ha dejado de suplicar que la humanidad se vea liberada de algunos males que atacan a la familia, pidiendo entre otras cosas: «¡Líbranos de los pecados contra la vida del hombre desde su comienzo!».  

Y en la oración con la que concluyó su homilía, oración que compuso él mismo para el Sínodo de 1980 cuyo tema de estudio fue la familia, pidió esta gracia: «Haz que el amor, corroborado por la gracia del sacramento del matrimonio, se demuestre más fuerte que cualquier debilidad y cualquier crisis, por las que a veces pasan nuestras familias».  

Todas estas relevantes coincidencias y estas expresiones, nos permiten realmente observar en el acto de consagración del Papa a María una especial alusión a la familia, a todas las familias de la Tierra, sobre todo a las de esos «pueblos que por su situación son objeto especial de tu amor y de tu dedicación». Y todo ello para consagrar y confiar este corazón pulsante de vida que es la familia al amor misericordioso de Dios; para abrir esta célula fundamental de la humanidad al don sobrenatural del amor de Dios que redime y santifica, que perdona y eleva tanto la familia como el amor conyugal hasta su dignidad. Pero también para implorar a Dios que libre a la familia de todos los peligros y pecados que incumben sobre ella.

Ahora bien, el sentido profundo de esta consagración motiva a las familias cristianas a seguir –con la ayuda y el ejemplo de María- el proyecto luminoso y fascinante que Dios tiene para la familia en todas sus expresiones: el amor conyugal, que según el plan de Dios es signo del amor de Cristo por su Iglesia hasta la total entrega de sí mismo; la paternidad y la maternidad, como participación del amor fecundo del Creador; la paz y la armonía que supera todas las tensiones y dificultades, fruto de una caridad cada vez más viva y proyectada tenazmente a mantener la presencia espiritual de Cristo en la familia y, con él, la unidad del pensamiento y de la acción; la apertura de comunión y de servicio hacia otras familias. 

El Papa, hablando a las Familias Nuevas del Movimiento de los Focolares, había delineado y definido el perfil ideal de la familia como Iglesia doméstica así: «Con toda vuestra vida, con la convivencia, con el estilo de vuestra existencia, construís la Iglesia en su dimensión más pequeña y al mismo tiempo fundamental: ¡la “Ecclesiola”!»1.  

Pero si esta iglesia doméstica –esta pequeña «Ecclesia»- tiene que ser el «corazón de la Iglesia», como siguió diciendo el Papa, debe tender a reflejar la actitud de María Santísima a la que ahora está consagrada; siendo como María transparencia de la voluntad de Dios, tiene que asumir la simple pero total entrega de sí misma al proyecto divino, que responde siempre a un plan de redención y de salvación. El gesto del Santo Padre es en efecto una invitación a todas las familias para que vivan especialmente consagradas a María, para que le confíen todas las ansias y alegrías de la vida familiar, y tengan en ella el punto de referencia para un compromiso conjunto de vida evangélica.

El mensaje de Fátima, que llama a todos a la conversión y fidelidad al Evangelio, se vuelve así la respuesta de la consagración de la familia, un compromiso de renovación para que resplandezca más el rostro de la Iglesia, que en la familia cristiana tiene como el signo de su ser «familia de Dios», morada acogedora para todos los hijos dispersos, llamados a la casa del Padre e invitados a entrar en ella por el corazón maternal de la Madre de Jesús. 

Chiara Lubich

(En: «L’Osservatore Romano», 21 de abril de 1984, pág. 5)

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