Rocca di Papa, 03 enero 1985

Se propone, como respaldo a la Palabra de vida del mes de mayo, una conversación telefónica mundial, cuyos temas son más actuales que nunca: “Misericordia” y “amar sin límites”.

Queridísimos:

El nuevo  año se abre con una Palabra espléndida:

Pero Dios, que es rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, precisamente cuando estábamos muertos a causa de nuestros pecados, nos hizo revivir con Cristo  (Ef. 2, 4-5)

El comentario de esta Palabra, que tal vez habrán leído ya, subraya dos características del amor de Dios con respecto a nosotros. La primera es que el amor de Dios ha tomado la iniciativa y nos ha amado cuando nosotros no éramos dignos de ser amados ("muertos por el pecado"). La segunda es que Dios, con su amor, no se ha limitado a perdonar nuestros pecados, sino que, amándonos sin límites, nos ha hecho partícipes de su misma vida ("nos ha hecho revivir con Cristo").

Queridísimos, estas palabras y estas consideraciones me recuerdan los comienzos del Movimiento, cuando Dios encendió en nuestro corazón la "chispa" (diría el Papa) de nuestro gran ideal. En efecto, a la luz de esta espléndida Palabra, me doy cuenta de que aquella chispa o aquel fuego no eran otra cosa que participación del Amor mismo que es Dios.

¿Acaso encontrábamos, en medio de la desolación de la guerra y en el desierto que nos rodeaba, a algún otro que tomara la iniciativa de amarnos?

¿Y no éramos nosotros quienes, por un don particular de Dios, encendíamos la llama del amor en muchísimos corazones con el deseo de que se extendiera a todos? ¿Mirábamos acaso si nuestros prójimos eran amables para decidir amarlos? ¿No eran más bien los más pobres quienes nos atraían y en los cuales entreveíamos mejor el rostro de Cristo, o los pecadores, que eran quienes necesitaban de su misericordia?

Sí, por un milagro divino (esos milagros que ocurren cada vez que se enciende un carisma del Espíritu sobre esta Tierra) también nuestro pequeño corazón podía afirmar que era rico en misericordia.

Y, tal como sabemos, amar a los prójimos no significaba para nosotras simplemente hacernos uno con ellos hasta llevarlos a Dios. Significaba enrolarlos en nuestra misma revolución de amor, en nuestro mismo ideal. Al ser todos candidatos a la unidad, podían participar, y de hecho participaban, en esa dinámica vida divina que Dios había desencadenado en un punto de su Iglesia. Entonces era así. También ahora tiene que ser así. Ciertamente los tiempos han cambiado, pero no es difícil admitir que si en aquellos días lejanos, el mundo se nos mostraba como un desierto por las destrucciones de la guerra, no es menos desierto ahora,  aunque sea por otros motivos.

Muchos factores han determinado una nivelación de nuestra sociedad moderna por lo cual se vive en un peligroso equívoco.

Antes la sociedad era fundamentalmente cristiana y se distinguía muy netamente el bien del mal.

Hoy es distinto: en nombre de una libertad, que no es verdadera libertad, el bien y el mal, el cumplimiento o el no cumplimiento de la ley de Dios han sido colocados en el mismo plano. Es un nuevo desierto, donde lo que ha sido bombardeado no son las casas, las iglesias, los edificios, sino las leyes morales y, consecuentemente, las conciencias.

¿Qué hacer entonces? ¿Nos encontramos desarmados para combatir nuestra batalla  a fin de llevar el perdón y el amor de Cristo a los hombres, cuando éstos tienen tan poco en cuenta el pecado?

No, no estamos desarmados.

Este mundo que ha perdido el sentido de lo sagrado tiene un rostro para nosotros: el de Jesús Abandonado, en quien lo sagrado y lo divino se ha ocultado completamente.

Él, Dios que se siente abandonado por Dios, refleja toda situación negativa.

En su nombre y por amor a Él encontraremos la fuerza de amar lo que hoy es tan poco digno de ser amado.

Con la llama encendida en nuestro corazón, tomando siempre la iniciativa como nuestro Dios, seremos capaces de ir al encuentro de todos. Y Dios en nosotros despertará e iluminará las conciencias, suscitará arrepentimiento, volverá a dar esperanza, llenará de entusiasmo hasta que, en muchos que estaban muertos, nazca el deseo de revivir con Cristo de vivir en Cristo.

La Palabra del mes de enero (de 1985) nos pone en el corazón estos tres propósitos: mantener encendido el fuego en nuestro corazón, ser los primeros en amar, amar de un modo no restringido sino ilimitado, de manera que sepamos llevar a todos a vivir nuestro ideal, que es vivir a Cristo.

Sólo de esta manera estaremos de acuerdo con lo que la Escritura nos pide este mes.

[…]

Chiara Lubich

(Juntos en camino, Ciudad Nueva, Buenos Aires 1988, págs. 54 – 57)

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