Castel Gandolfo, 8 de diciembre de 1996

Extracto de un discurso de Chiara Lubich sobre la Espiritualidad colectiva

Creer en la extraordinaria gracia de poder imitar a María: Chiara, comunicándonos la experiencia de luz que el Espíritu Santo le ha permitido hacer, nos transmite esta certeza y nos propone que podemos honrarla así.

[…]

Repasando, brevemente, la historia del Movimiento en relación a María, podemos ver claramente quién es María para nosotros y cómo puede ser un punto fundamental de nuestra espiritualidad.

Desde los primeros tiempos, incluso en una época en que parecía dejar que el Espíritu Santo acentuase casi exclusivamente a Jesús y su Evangelio, Ella se presentó, de una manera tímida, para revelarnos inmediatamente su relación con la unidad.

Algunos ejemplos:

Escribí en 1947:

«Estoy convencida de que Ella es quien quiere la Unidad. Ella: ¡Mater unitatis!...

Ì Ella conoce a Satanás, sus seducciones, sus engaños, sus trampas, y llama a sus hijos a que se unan, a caminar de la mano por el Camino del Amor!».

Y todavía en 1947:

«¡Nuestra Madre nos quiere unidas en el camino! ¡Ella sabe que ‘donde hay dos o más’ unidos en el nombre santo de su Hijo, Él está en medio de ellos! Y dónde está Jesús todos los peligros se esfuman y desaparecen los obstáculos... ¡Vence todo porque es Amor! »

Pero se manifestó más tarde en todo su esplendor en el escenario de nuestra alma, alta en proporción de cuanto se había empequeñecido, tan grande en proporción de cuanto se había anulado.

Fue en 1949, cuando, reunidas en un lugar de montaña, tuvimos la impresión de que el Señor proyectase en nuestras mentes la Obra que debía nacer.

Comprendimos que, por medio de ella, María hubiese querido, de alguna forma, volver a la Tierra.

Y esta sensación fue tan fuerte que, admirando en María una belleza única, imaginándola y viéndola sola, porque no se encontraban a su lado hijos dignos de tal Madre, aparte de Jesús, nos vimos impulsados a pedirle que se formara en la Tierra una familia de hijos y de hijas como Ella.

Precedentemente, habíamos pedido a Jesús Eucaristía que nos encomendara, que nos «consagrase» a María, como sólo Él sabe hacer.

Y habíamos entendido que este acto no había sido sólo una expresión de devoción y vacía de verdadero contenido, sino que aquella «consagración» había operado algo.

Nos pareció que María nos revestía de su ser inmaculado. Nos pareció comprobar que a nuestro pequeño grupo le sucedía lo que dice Montfort, cuando habla de las maravillas, sobre todo interiores, que María realiza secretamente en las almas. 

Él escribe: « ... el principal don que las almas obtienen es la realización en esta Tierra de la vida de María en el alma, de modo que ya no es más el alma la que vive, sino María en ella». 

Prácticamente, parecía que lo que Pablo VI pidió un día: «... Enséñanos lo que ya conocemos; ... a ser inmaculados como tú lo eres”5, se hiciese realidad.

Nos sentimos hijos de María y - de una forma que jamás podremos olvidar - por primera vez sentimos a María como nuestra madre.

Años después un episodio, también conocido, confirmó todo eso. Lo describí así:

«Entré un día en la iglesia, y con el corazón lleno de confianza, le pregunté: ¿Por qué quisiste quedarte en la Tierra, en todos los puntos de la Tierra, en la dulcísima Eucaristía, y no encontraste - Tú, que eres Dios - el modo de dejar aquí también a María, la Madre de todos nosotros, los que peregrinamos en el mundo? »

«En el silencio, parecía que me respondiese: No la dejé porque quiero volver a verla en ti».

Ser otra María, una pequeña María, que encuentra en la Madre su ‘deber ser’ y en sí el ‘poder ser Ella’.

Pero ser Madre como Ella significa tener la posibilidad de imitarla en su maternidad espiritual (que se hace paternidad espiritual para los hombres), maternidad que plasma a las personas que están confiadas a nosotros, no sólo para que sean bellas y santas, sino para unirlas a Dios y también entre ellas.

María es Madre de esta manera. Es Mater unitatis.

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