Julio 1949

Chiara Lubich narra el Pacto de unidad estrechado con Igino Giordani (a quien ella llamaba Foco) el 16 de julio de 1949, preludio de la experiencia espiritual y mística de aquel verano. 

19. Vivíamos esta experiencia cuando vino a la montaña Foco.

20. Foco, enamorado de Santa Catalina, siempre había buscado en su vida a una virgen a la cual poder seguir. Y ahora tenía la impresión de haberla encontrado entre nosotros. Por eso, un día me hizo una propuesta: hacerme el voto de obediencia, pensando que, haciendo así, habría obedecido a Dios. Añadió también que, en este modo, podíamos hacernos santos como San Francisco de Sales y Santa Giovanna de Chantal.

21. Yo no comprendí en aquel momento ni el porqué de la obediencia, ni esta unidad entre dos. Entonces no existía la Obra y entre nosotros no hablábamos mucho de votos. La unidad entre dos, además, no la compartía porque me sentía llamada a vivir el «que todos sean uno». 

22. Pero al mismo tiempo me parecía que Foco estuviese bajo la acción de una gracia, que no se debía dejar perder. 

23. Entonces le dije más o menos así: «Puede ser verdaderamente que cuanto tú sientes venga de Dios. Por eso tenemos que tomarlo en consideración. Pero yo no siento esta unidad entre dos porque todos deben ser uno». 

24. Y añadí: «Tú conoces mi vida: yo soy nada. Quero vivir, de hecho, como Jesús Abandonado que se ha anulado completamente. También tú eres nada porque vives de la misma manera. 

25. Pues bien, mañana iremos a la Iglesia y a Jesús Eucaristía que vendrá a mi corazón, como en un cáliz vacío, yo diré: “Sobre mi nada pacta Tú unidad con Jesús Eucaristía en el corazón de Foco. Y haz, Jesús, que surja ese vínculo entre nosotros que Tú sabes”». Después añadí: «Y tú, Foco, haz lo mismo». 

26. Lo hicimos y salimos de la Iglesia. Foco debía entrar por la sacristía para hacer una conferencia a los frailes. Yo me sentí impulsada a regresar a la Iglesia. Entro y voy delante del sagrario. Y estoy allí por rezar a Jesús Eucaristía, para decirle: “Jesús”. Pero no puedo. De hecho, ese Jesús que estaba en el sagrario, estaba también aquí en mí, era yo también, era yo, ensimismada con Él. No podía por lo tanto llamarme a mí misma. Y allí advertí que salía de mi boca espontáneamente la palabra: “Padre”. Y en aquel momento me encontré en el seno del Padre.

27. Me pareció, en ese momento que mi vida religiosa debiera ser diferente a la que había vivido hasta entonces: no tenía que consistir tanto en estar dirigida a Jesús como en ponerme a su lado, hermano nuestro, dirigida hacia el Padre.

28. Había entrado, por tanto, en el Seno del Padre, que se presentaba a los ojos del alma (pero es como si lo hubiese visto con los ojos físicos) como una vorágine inmensa, cósmica. Y era todo oro y llamas arriba, abajo, a derecha y a izquierda. 

29. Fuera de nosotros había quedado lo creado. Nosotros habíamos entrado en lo Increado. 

30. No distinguía lo que había en el Paraíso pero eso no me disturbaba. Era infinito, pero me encontraba en casa. 

31. Me pareció comprender que quien me había puesto en la boca la palabra: “Padre” había sido el Espíritu Santo. Y que Jesús Eucaristía había actuado verdaderamente como vínculo de unidad entre Foco y yo porque sobre nuestros dos nada sólo había quedado Él. 

32. Foco mientras tanto había salido del convento y lo invité a que se sentara conmigo en un banco cerca de un torrente. Y le dije: « ¿Sabes dónde estamos?». Y le expliqué lo que me había sucedido. 

33. Después fui a casa donde encontré a las focolarinas, a las que amaba tanto, y me sentí impulsada a ponerles al corriente de todo. Por tanto, las invité a venir con nosotros a la iglesia al día siguiente a rezar a Jesús, que entraba en sus corazones, y a hacer el mismo pacto con Jesús que entraba en el nuestro. Así lo hicieron. Enseguida tuve la impresión de ver en el Seno del Padre un pequeño grupo: éramos nosotros. Comuniqué esto a las focolarinas las cuales me hacían una unidad tan grande que tenía la impresión de que también ellas vieran cada cosa. 

34. Mientras tanto, no dejábamos de vivir, vivir con intensidad, en medio de nuestros quehaceres de la casa, esa realidad que éramos, viviendo la Palabra de vida.

35. Todas las mañanas hacíamos la Comunión, dejando que Jesús obrase cuanto deseaba, mientras que por la tarde, a las seis, en la iglesia, delante de un altar de la Virgen, que estaba a la derecha del altar mayor, hacíamos meditación en una manera un poco original: yo, pensando que, por la nueva Comunión recibida, Jesús quisiera comunicarnos algo de lo que había obrado, invitaba a las focolarinas y a mí misma a no pensar nada, a anular todo pensamiento para que Él pudiera iluminarnos.

36. De tal modo nos habíamos fundido en uno en el fuego de la Trinidad que yo llamaba a nuestro grupito “Alma”. Éramos el Alma.

Ahora, el Señor, si hubiese querido, habría podido iluminar a esta Alma (a través de mí, que era como su centro) sobre las nuevas realidades y por eso nos parecía que fuese necesario el máximo silencio interior.

37. Después, lo que había comprendido lo comunicaba a Foco y a las focolarinas. Eran tres, por tanto, nuestras comuniones: con Jesús Eucaristía, con su Palabra y entre nosotros.

  (Nuova Umanità XXXIV (2012/6) 204, pp. 685-687)

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