Castelgandolfo, 29 de abril de 1999

A la cita planetaria con su ‘familia’ esparcida por el mundo, Chiara - desde Castelgandolfo el 29 de abril del ’99 - dona su última experiencia sobre la relación con Dios, la oración. 

El “por Ti” dirigido a Dios antes de cada acción es exigente, llama al amor recíproco ante todo, hasta la unidad, hasta poder ofrecer siempre a Jesús al mundo, sobre las huellas de María, a imitación suya, hechos pueblo suyo.

Este año queremos profundizar nuestra relación con Dios, la oración. Es nuestro deber cotidiano. Y también yo, naturalmente, estoy en esta línea.

Un día me había propuesto - espero que no haya sido el único- “rezar siempre”, como dice y desea Jesús, ofreciéndole cada acción precedida con un “Por ti”. Con la gracia de Dios, me mantuve fiel a este compromiso. De modo que, al terminar aquella jornada, en un coloquio con Dios, le pregunté si estaba contento de mí y, si no lo estaba, que me corrigiera.

Me pareció advertir su respuesta en el fondo del corazón, que me decía así: “Tu modo de vivir hoy, ofreciendo a Dios cada acción con un ‘Por ti’, me ha agradado ciertamente, pero podría pertenecer muy bien al de cualquier persona que sigue una espiritualidad individual. Tú estás llamada a otra cosa. De ti pretendo algo diferente. Tu vocación requiere que, antes que nada, pongas como base de cada acción, ofrecida también con un ‘Por ti’, el amor mutuo con tus hermanas y  tus hermanos. Tu primer empeño, por tanto, debe ser el de estar siempre dispuesta a dar la vida por ellos, para que triunfe la unidad”.

He comprendido la lección. 

Ciertamente, después de tantos años de vida espiritual, había tratado, también ese día, de vivir el mandamiento nuevo, pero no lo había considerado mi primer deber.

Enseguida busqué a quien estaba cerca de mí, dispuesta también a morir por esa persona, y por tanto, asumiendo los comportamientos concernientes y, sólo sobre esta base, ofrecer cada acción a Jesús con un “Por ti”.

Hace más de 50 años que me digo y les digo que la “norma de las normas” y por lo tanto también la norma base para poder rezar, es la unidad.

Y no obstante es preciso renovar siempre en el corazón este deber nuestro, hay que volver a empezar siempre. 

Que lo que acabo de contaros sirva  de consuelo, sobre todo, a los que encuentran dificultad en vivir este aspecto tan esencial de nuestra vida espiritual. Y recuerde que Jesús entre nosotros puede volver a nacer siempre como si fuera una perenne Navidad.

Queridísimos, hagamos todo esfuerzo para no olvidarlo, o mejor dicho, para no olvidar a Aquél que debe preceder cada cosa. Es Él la gran novedad que estamos llamados a ofrecer al mundo.  ¡Qué honor poder vivir esta vocación! ¡Qué plenitud de alegría!

Nuestra Obra es Obra de María, de María en el sentido que es suya.

Pero, si la Obra es suya, también nosotros, cada uno de nosotros, individualmente, somos suyos. De hecho, debemos ser otras pequeñas María.

Y la función de nuestra espiritualidad es precisamente ésta: darnos la posibilidad de repetir, de alguna manera, a María sobre la Tierra, de imitarla. 

A María -como sabemos- podemos atribuirle muchos privilegios: es Inmaculada, fue asunta al Cielo, es Reina del mundo. 

Pero lo que hace a María más excelsa que cualquier otra cosa es su maternidad divina que le permite llamar hijo al Verbo encarnado en su seno, del mismo modo que el Padre Celestial llama al Verbo en el seno de la Trinidad: privilegio que nunca se llegará a comprender suficiente.

Y a pesar de ello, es precisamente, en su maternidad en lo que podemos, a nuestro modo, imitarla, viviendo de tal modo que “generemos” siempre la presencia de Jesús en medio de nosotros con nuestro amor recíproco.

Imitar a María en su maternidad divina resulta mucho más factible a quien sigue una espiritualidad comunitaria, como la nuestra.

Entonces, preocupémonos por ser una expresión siempre viva de nuestra típica vocación, porque si nos preguntaran: “¿Quiénes son los focolarinos?”. O bien “¿Quiénes son los miembros del Movimiento de los Focolares?” podamos responder: aquellos que ofrecen siempre, realmente, Jesús al mundo, para que Él, hoy como en su época, pueda todavía iluminarlo, educarlo, guiarlo por senderos justos,  y así hacer nacer y crecer un pueblo totalmente suyo, que orienta la humanidad hacia la fraternidad universal.

Nosotros, focolarinos, no podemos prescindir de su presencia. No tendríamos sentido. Sería traicionar la llamada de Dios.

Entonces –repitámoslo- nuestro empeño será éste: tender a establecer y mantener a Jesús en medio nuestro, ofreciéndole cada acción con un “Por ti”.

Y lo repito; en este mes de mayo, vivamos tendiendo a establecer y mantener Jesús en medio nuestro, ofreciéndole cada acción con un “Por ti”.    

Y ahora tengámoslo entre nosotros en este momento, mientras Eli nos pone al día de tantas cosas bonitas.

Chiara Lubich              

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