Palabra de Vida de noviembre de 1984

Esta Palabra de Jesús está incrustada, come una perla, en la conocida página del evangelista san Mateo sobre el juicio final. Es una página que, en síntesis, nos representa todo el mensaje del Evangelio, sellando lo que éste afirma sobre el hombre y lo que requiere de él.

Jesús, el esperado por "todas las gentes", vino y salvó a la humanidad sumergida en el pecado, sufriendo en sí mismo el precio de tanta purificación. Él volverá justamente,  como rey y juez, al final de los tiempos y reunirá a todos, de todos los lugares y de todas las épocas, para dar a cada uno lo que le corresponda según sus obras: el premio o el castigo eterno.

Pero - según la descripción del juicio final, que Jesús hace a los suyos – el juez divino dirá algo que sorprenderá a todos: «Tuve hambre, y me dieron de comer...». ¿Cuándo le dimos de comer nosotros, los hombres? Él lo explica:

«Cuanto hicieron a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicieron».

Según esta descripción, por tanto, sólo en el juicio final se sabrá que cada hombre era hermano de Cristo, por lo que cada acto de amor se le habrá hecho o negado a Cristo.

Sin embargo, Jesús, en su infinito amor por el hombre, no mantuvo oculta esta estupenda y tremenda verdad hasta los últimos tiempos. Es más, para que se pusiera en evidencia todo su valor, toda su importancia, la reveló precisamente aquí, en el escenario de aquel acontecimiento del cual no se podrá volver atrás.

«Cuanto hicieron a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicieron».

¿Quiénes son aquellos a los que Jesús llama "sus hermanos más pequeños"? El contexto, en el que Jesús usa esta expresión es, como hemos visto, universal: es un juicio donde están convocados todos los hombres sin distinción. Por eso, esta expresión no indica solamente a los cristianos, sino a cualquier hombre, cristiano o no, que se encuentre en necesidad o en dificultad. El texto habla de quien tiene hambre o sed, de quien necesita vestido o alojamiento, del enfermo, del preso, pero no es difícil extender la lista a millones de indigentes y de personas que sufren, que imploran en el mundo nuestra ayuda, incluso sin palabras.

A éstos Jesús los llama sus hermanos y con ellos Él es misteriosamente solidario. 

Ya en el Antiguo Testamento Dios se declara, en modo especial, de parte del pobre, pero nunca se dice que se identifique con Él. Esto sucede con Jesús, el "Dios con nosotros", como Él mismo dice:

«Cuanto hicieron a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicieron».

La identificación de Cristo con el indigente es uno de los aspectos más altos y nuevos del mensaje evangélico. De hecho, al encarnarse, el Hijo de Dios, «de rico que era se hizo pobre»1. Y vino para servir, no para ser servido: curó a los enfermos, ayudó a los que sufrían, estuvo con los marginados, ciertamente no por sus cualidades morales o espirituales, sino por amor.

Su caridad se abría indistintamente a todos, pero Él prefería al que tenía más necesidad, hasta las últimas consecuencias: su muerte en la cruz por todos nosotros pecadores, necesitados de perdón.

Y permaneció fiel, en este sentido, también después de su resurrección: de hecho, Él está presente especialmente en el que sufre, en el necesitado. Y, al final del mundo, usará como criterio de juicio para todos los hombres el comportamiento que hayan tenido con los pobres y con los humildes, que Él considera como "sus hermanos".

Cada acto hacia el prójimo, por tanto, va dirigido a Cristo y tiene valor de eternidad.

«Cuanto hicieron a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicieron».

Esta Palabra nos vuelve a confirmar que la caridad es lo más importante para Jesús. Es, de hecho, la esencia del Evangelio.

Es tan importante que quien ayuda concretamente a sus hermanos, es como si amase directamente a Jesús en ellos, aunque no lo sepa. Por eso podrá entrar con Él en el Reino del Padre, es más, su corazón será invadido por el Reino ya desde esta tierra.

Es evidente, entonces, cómo poner en práctica esta Palabra de Vida.

Comencemos enseguida a reconocer a Jesús en quienquiera que pase a nuestro lado y, más allá de toda vieja discriminación entre rico y pobre, culto e ignorante, simpático y antipático, anciano y joven, lindo o feo, tratemos a cada prójimo como realmente trataríamos a Jesús.

Sea cual sea nuestra posición en la sociedad, no perdamos las numerosas ocasiones que se nos presenten para hacer muchos actos de amor, sobre todo hacia los más necesitados – los hambrientos, los que no tienen casa, los enfermos, los que no tienen trabajo, los marginados, los drogadictos – de los que tenemos noticias todos los días en nuestras ciudades y en Países lejanos.

Y cuando nos olvidemos de hacerlo, volvamos a empezar inmediatamente. Nunca nos faltará un prójimo al que amar.

Chiara Lubich

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