Castel Gandolfo, 3 de febrero de 1997

La Iglesia-comunión en el pensamiento de Chiara Lubich. 


En los años en que comenzaba el Movimiento, por Iglesia se entendía sólo la formada por ladrillos, con Jesús en el sagrario, María, y san Antonio en el altar; la Iglesia, en cierta forma, era sinónimo de catecismo, de primera Comunión... Y también de otros Sacramentos, de fiestas patronales; tal vez significaba formar parte de la “Acción Católica”, etc. Quería decir parroquia, el párroco; y si se conocía su existencia, quería decir: el Obispo, el Papa.

Gracias al carisma de la unidad y a su estructura y organización, comprendimos que, aunque la Iglesia podía ser también todo esto, era sobre todo, y en el fondo de su ser, pueblo de Dios; era comunión: Iglesia-comunión. Después, el Concilio Vaticano II dio esta definición de la Iglesia, y fue una revolución.
Y ¿qué significa vivir la Iglesia como comunión?
Significa establecer vínculos de caridad en todas sus articulaciones: entre sus miembros; entre sus realidades (parroquias, diócesis, Movimientos, estructuras, consejos, comisiones, etc.); con las otras realidades que están de alguna manera relacionadas con ella (otras Iglesia, otras Religiones que están unidas a ella por la presencia de las «semillas del Verbo»; otras culturas, con sus valores). 
Y todo esto, nuestra espiritualidad lo enseña y hace que se viva.
Establecer, además, la caridad entre los responsables y los fieles, porque cada responsable debe hacer preceder la caridad a cada orden suya (ser él también en su ámbito «presidente de la caridad»).
Y establecer la caridad entre los fieles y los responsables, como documentan estas cartas, que muestran cómo el Movimiento y la Iglesia estuvieron también marcados por la comunión.
En 1969 escribí:
«¡No ha sido sólo por un principio de obediencia a la Iglesia o por miedo a la herejía! Era  precisamente la Iglesia la que nos atraía hacia ella; o mejor dicho, era el Espíritu Santo en nosotros quien nos impulsaba a reunirnos con el Espíritu Santo que está en la Iglesia, porque es un único Espíritu Santo».
Además, es de los primeros años del Movimiento esta frase:
«Los focolarinos ven la Iglesia como una familia donde, por un lado cada cual debe ocupar su puesto, en su propia vocación, y al mismo tiempo todos deben sentirse hermanos, por el amor en Cristo Jesús».
Y todo con la obediencia a quien tiene el carisma de la autoridad. En efecto, el amor que le debemos a la Iglesia es un amor obediente, amor que luego vuelve, como siempre hemos experimentado. También ha sido una constante en nosotros esta actitud hacia el Obispo.
En 1947 escribíamos:
« “El que les escucha a ustedes, me escucha a mí”.
¡Cuánto necesita nuestra alma, tan absorbida por las voces del mundo, escuchar… la Voz de Cristo!
Pero tú no debes pretender que Cristo baje a la tierra para hablarte. Él, cuando estaba aquí abajo, designó a sus ministros: a los que ocuparían su lugar… ¡Ve a ellos con fe!
Tú combates en una batalla por el triunfo del Espíritu sobre la materia, de lo sobrenatural… 
Has de ver en el ministro a aquél que te transmite la voz de Jesús, quienquiera que sea, sin que te importen los defectos que pueda tener. Su palabra es Palabra de Dios.
“¡El que les escucha a ustedes, me escucha a mí!” Jesús quiere ser escuchado a través de sus ministros. Así lo ha establecido y así es».
En 1952:
«No hay que discutir, ni titubear. Somos uno solamente en la Divina Voluntad y ésta nos la expresa el Obispo».
« (…) Sólo así, unidos entre ustedes y con la Iglesia, el Ideal invadirá la tierra y será una invasión de amor».

En 1956:
«Por experiencia podemos decir que los Obispos son diferentes a los demás. Lo notamos al contarles nuestra espiritualidad o cuando hablan. Tienen un peso, una unción que los diferencia enseguida de un sacerdote o de un teólogo, aunque sean santos.
Además  poseen la gracia de centrar el argumento y de explicarlo ampliamente. Es (su) carisma».
Decía en 1960:
«Yo querría que todos sintiesen que tienen una madre, que esta madre está siempre allí y que los nutre, y que todas las almas buscaran esa leche genuina que nos viene a través del Santo Padre, de los obispos y que en ella apagasen su sed y la hicieran propia».
Fue así que un día brotó de nuestro corazón una especie de canto:
«La Iglesia nos ha injertado, como Madre purísima, en su familia, abriéndonos las puertas del verdadero Paraíso a través de los sacerdotes y de los sacramentos
Ella nos ha forjado como soldados de Cristo.
Ella nos ha perdonado y ha borrado setenta veces siete nuestros pecados.
Ella nos ha nutrido con el Cuerpo de Jesús; ha sellado divinamente el amor de nuestro padre y de nuestra madre.
Ella ha elevado a una dignidad altísima a hombres como nosotros, y los ha investido del sacerdocio.
Ella, al final, nos dará el último adiós: a Dios. Nos dará a Dios.
Si nuestro corazón no la canta es un órgano mudo.
Si nuestra mente no la ve y no la admira, es ciega y oscura.
Si nuestra boca no habla de ella, es mejor que se quede sin palabra».

texto

(De: Un Camino nuevo)

buzón de correo

Contact Icon

Agradeceríamos a aquellos que nos hagan llegar recuerdos, documentos inéditos, fotografías, etc.... para enriquecer los archivos de Chiara Lubich.
para enviármoslo en seguida

visitantes online

Hay 157 invitados y ningún miembro en línea

27 enero 2015

Lubich

Vídeo-síntesis de la ceremonia de apertura de la "Causa de beatificación y canonización" de Chiara Lubich.
Mensaje del Papa Francisco
La grabación-vídeo de toda la ceremonia 

login staff

Este sitio utiliza cookies técnicas, también de terceros, para permitir la exploración segura y eficiente de las páginas. Cerrando este banner, o continuando con la navegación, acepta nuestra modalidad para el uso de las cookies. En la página de la información extendida se encuentran especificadas las formas para negar la instalación de cualquier cookie.