Brig, 11 de agosto de 1989

Con motivo de la fiesta de santa Clara de Asís, Chiara Lubich solía proponer un pensamiento que se refiere a un aspecto de la vida o de la espiritualidad de la gran santa de la que llevaba el nombre. Aquí subraya su “fidelidad al carisma que Dios le había dado”, y la consiguiente invitación a imitarla viviendo el carisma de la unidad. 

(…) El año pasado nos despedimos, justamente pensando en la fiesta de hoy, es decir, en santa Clara, en su espiritualidad, y nos dijimos, después de haber examinado los años precedentes y todos los pensamientos que santa Clara y su espiritualidad nos han sugerido, dijimos: "Bien, nos marchamos queriendo ser fieles a nuestro carisma así como ella fue fiel al suyo. El suyo era la pobreza, el nuestro es la unidad”.
Sí, esto es lo que yo querría: que nos fuéramos a casa con esta fidelidad. Y aquí los popos se han hecho uno: más que esto...

¡La unidad! Y yo querría que la realizáramos durante el próximo año, en tres frentes.
Antes que nada, la unidad con Dios. Ayer, en la Conexión, que creo que habrán escuchado todos ustedes, ya hablé de esto; no querría añadir nada más, sino subrayar lo que ya dije, para no multiplicar las cosas sin necesidad. ¡Basta una de estas cosas para hacernos santos! Por eso: unión con Dios, que significa unión con su voluntad, quemar la nuestra, ser una llama ardiente, ser una llama porque, entre otras cosas, somos del Movimiento de los Focolares y, si un focolar no arde, me pregunto para qué sirve. Por tanto, adelante en esta dirección, en la unión con Dios.
Después una cosa un poco... que quizás parecerá algo... Nosotros tenemos que realizar la unidad, para ir adelante, - lo hemos descubierto examinando estos años de vida ideal- también con quien nos representa a Dios.
¿Por qué lo digo? Porque sé que es una cosa que está en peligro. Hoy se quiere oír hablar de la cristiandad, también de Jesús, del Evangelio, pero de la Iglesia... los Obispos… el Papa... Y también hay personas, incluso consagradas, que no quieren saber nada del Papa, que ponen en discusión la figura del Papa.
Durante estos días estoy leyendo muchas cosas, o mejor dicho, pocas pero bonitas, seleccionadas, sobre el Espíritu Santo, y he encontrado una hermosa definición de quién es quien posee al Espíritu Santo. Así pueden inmediatamente leer en su alma para ver si se reconocen en esto: "Tiene al Espíritu Santo - dice un Padre de la Iglesia - quien sabe captar lo divino que hay en los demás".
Una de las características de nuestro Movimiento, ha sido siempre ésta, desde el principio. Cuando un representante de la Iglesia - el Papa, el representante, o un Obispo venían a vernos a nuestros encuentros, a nuestras Mariápolis, nosotros estábamos muy contentos. Pero había un motivo: descubríamos en sus palabras, en lo que decía, en su actitud, en su amor, algo que los demás no tenían. Y nosotros, ya desde jóvenes, decíamos: “¡Ni siquiera el mejor teólogo dice estas cosas, las dice así!”
¿Por qué? Porque, gracias a Dios, teníamos dentro de nosotros este carisma que es un don del Espíritu Santo, y sabíamos captar lo divino que había en los demás. Esto nos facilitaba muchísimo el hacer unidad con estas personas que representaban a la Iglesia.
Pues aquí está el equívoco, el error de la humanidad de hoy: el creer que Jesús haya dicho "ámense recíprocamente" y no haya dicho otras ciertas cosas que han constituido precisamente el esqueleto de la Iglesia, lo que sostiene la Iglesia, la Jerarquía de la Iglesia. En cambio, su misma boca dijo también esto "Tú eres Pedro y sobre esta piedra...". Lo dijo Él. Y como dice Pablo VI, “de sus labios brotó la jerarquía”.
Por tanto, lo primero: unidad con Dios, quemar nuestra voluntad. Segundo: plena unidad con quien nos representa a Dios, justamente en contra de la corriente, discrepando con quienes no quieren oír hablar de ella, pues sabemos que estamos en la verdad.
Esto, naturalmente, tiene consecuencias también internas en nuestro Movimiento. Hay ‘responsables’ en nuestro Movimiento. Y, en cierto modo, también recae sobre ellos esa Palabra de Jesús: "Quien escucha a ustedes, a mí me escucha", porque nuestros Estatutos, sus reglas, las de ustedes religiosos y religiosas, etc., están aprobados por la Iglesia, existe, pues, como una voluntad de la Iglesia, una voluntad de quien representa a Dios: que se obedezca a estos responsables. Por ello, también dentro de nuestro Movimiento tenemos que ser como un ejército alineado en profundísima unidad.
Lo tercero es: la unidad entre nosotros. ¿Por qué? porque si estamos unidos, como yo lo espero ahora, el Resucitado está en medio nuestro. Saben que el Resucitado es algo fabuloso. Quizás crean que es una palabrita así... una cierta presencia, creen que es algo de Espíritu Santo... pero saben que el Resucitado está en el Paraíso a la derecha del Padre, es decir, como el Padre, está lleno de Espíritu Santo, a tal  punto que ha resucitado, es la plenitud, todo está espiritualizado. Y está aquí entre nosotros, Él lo dijo: "¡Yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo!".
Y, ¿dónde está? Lo sabemos, está en muchos lugares: está en la Eucaristía,  en su Palabra, en los representantes de la Iglesia, en los pobres, está dentro de cada uno. Y también está en medio de nosotros. Sí, nuestro carisma subraya particularmente esta presencia: de Él en medio de nosotros: Él resucitado, Él lleno del Espíritu Santo.
A los focolarinos de Montet les ponía un ejemplo algo raro, porque los ejemplos nunca son del todo exactos: “Mira, cuando tocas un cable con corriente eléctrica, recibes una sacudida. Si tú estableces la presencia de Jesús en medio, tienes al Espíritu Santo”. Es así, porque Él es todo Espíritu Santo, Él en medio de nosotros.
Porque, vean, la Iglesia, en la Iglesia, el Espíritu de Dios está vivo, no es algo así... por lo cual el Espíritu Santo, cada tanto, según las necesidades de la humanidad, inspira ciertas palabras del Evangelio, hace nacer ciertas espiritualidades que son muy adecuadas para ese tiempo. Ahora bien, en tiempos como los nuestros, de comunión, de comunidad, ha puesto en evidencia esta presencia. Nosotros no excluimos las otras, ¡al contrario! nos nutrimos de la Eucaristía justamente para hacer presente a Jesús en medio, para que esté presente entre nosotros.
Está bien, dirán, pero ésta también es nuestra… Nosotros somos una expresión de Iglesia, somos una expresión de la Iglesia hoy, somos un hijito de la Iglesia que grita: ¡Unidad de los pueblos, unidad de los pueblos, unidad de los pueblos!
¿Por qué? Porque este grito está en la Iglesia, está dentro de ella, en su seno. Y hoy lo expresa por medio de este niñito que somos nosotros.
Por lo tanto, unidad con Dios, unidad con la Iglesia, unidad entre nosotros para que el Resucitado resplandezca en medio de nosotros.
Gracias por todo. Adiós a todos.

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