14 de noviembre de 2002

El acontecimiento de la resurrección de Jesús es evocado por Chiara Lubich en esta conversación telefónica con las comunidades de los Focolares en el mundo, desde Castel Gandolfo, el 14 de noviembre de 2002, con el asombro y la alegría de quien lo descubre con corazón y ojos nuevos. De ello, brota una fuerte experiencia de fe en la Vida más allá de la muerte y en el Amor de Dios por cada persona.

Queridísimos todos:
Nos encontramos para la nueva Conexión del mes de noviembre. El pensamiento de hoy se refiere a un aspecto específico de la vida cristiana. Pero, puesto que forman parte de nuestro Movimiento fieles de otras religiones del mundo, o personas de culturas diferentes, deseo anteponer una sugerencia y un consejo, justamente para ellos.
Como saben, todos formamos parte de una única Obra, en la cual debe triunfar la “regla de oro” presente en nuestras Escrituras (“Haz a los demás lo que querrías que te hicieran a ti” o “No hagas a los demás lo que no que querrías que te hicieran a ti”), regla que requiere que nos amemos y, por lo tanto, que nos conozcamos cada vez mejor. Por eso, aprovechen todos  ustedes lo que les diré ahora. Se trata de esa necesaria inculturación sin la cual no es posible construir porciones de fraternidad universal; en otras ocasiones, los cristianos, entre nosotros, lo harán con ustedes.

Pasemos entonces al pensamiento; se titula: EL RESUCITADO.
Ya lo comuniqué a dos grupos de personas, y recientemente a la Asamblea, pero deseo repetirlo para los demás que me están escuchando y que no lo conocen, esperando que sea un beneficio espiritual para muchos.
Se refiere a una idea, a una intuición, tal vez a una luz que recibí tiempo atrás, una de las muchas –pienso- que tienen que ver con nuestro carisma. Creo que es una de las más hermosas; y sin duda, una de las que personalmente más me han impactado. Se puede definir: “Confirmación de la fe”.
Una circunstancia providencial me llevó a profundizar la realidad de Jesús, que después del abandono y de la muerte en la cruz, resucitó.
Y no sólo eso: tuve la ocasión de meditar intensamente, con la mente y con el corazón, muchos detalles de la resurrección de Jesús y de su vida después de la resurrección. Y me quedé estupefacta (es la palabra exacta) de la majestuosidad, de la grandiosidad que emanaba de este divino acontecimiento: de la singularidad del Resucitado, de este hecho sobrenatural que, por lo que sé, es único en el mundo.
Por eso en esta ocasión no puedo evitar detenerme y volver a ponerlo de relieve.

La resurrección de Jesús es lo que caracteriza principalmente al cristianismo, lo que distingue a su Fundador, Jesús. ¡El hecho de haber resucitado! ¡Resucitado de la muerte! No como resucitaron otros, por ejemplo Lázaro, que después, llegado su momento murió. Jesús resucitó para no morir nunca más, para seguir viviendo, también como hombre, en el Paraíso, en el corazón de la Trinidad. ¡Y lo vieron 500 personas! Y no era un fantasma. Era Él, realmente Él: “Trae aquí tu dedo, aquí están mis manos. Acerca tu mano: métela en mi costado” (Jn. 20,27), le dijo a Tomás. 
Y comió con sus discípulos, les habló y se quedó con ellos 40 días…
Había renunciado a su infinita grandeza por amor a nosotros y se había hecho pequeño, hombre entre los hombres, como uno de nosotros, tan pequeños que desde un avión ni siquiera pueden vernos.
Pero al resucitar rompió, superó todas las leyes de la naturaleza, de todo el cosmos, mostrándose así más grande que todo lo que existe, que todo lo que ha creado, que todo lo que se puede pensar. Por eso nosotros, con sólo intuir esta verdad, no podemos dejar de verlo Dios, no podemos dejar de hacer como Tomás, y arrodillados frente a Él, en adoración, confesar y decirle sinceramente: “Señor mío y Dios mío”.
Aunque jamás sabré describirlo bien, éste es el efecto que la luz del Resucitado produjo en mí.
Sin duda lo sabía; seguramente lo creía, ¡y cómo! Pero aquí, en cierto modo, lo vi. Aquí mi fe se hizo claridad, certeza razonable, diría.
Y contemplé con otros ojos lo que Jesús hizo durante aquellos nuevos, fabulosos días sobre la Tierra.

Después de que el ángel bajó del Cielo, desplazó la piedra de su sepulcro y lo anunció, el Resucitado se le aparece en primer lugar a la Magdalena, que era una pecadora, porque Él asumió nuestra carne por los pecadores.
Lo vemos en el camino de Emaús: grande e inmenso como era, transformarse en el primer exegeta que explica las Escrituras a dos discípulos. Lo vemos como el fundador de su Iglesia, que impone las manos a los discípulos para darles el Espíritu Santo; lo vemos decir esas extraordinarias palabras a Pedro, a quien puso como cabeza de su Iglesia. Lo vemos enviar a los discípulos al mundo, a anunciar el Evangelio, el nuevo Reino por Él fundado, en nombre de la Santísima Trinidad, de la que había descendido y a la que volvería poco después en la ascensión, en alma y cuerpo. Son todas cosas que ya conocía, pero que ahora eran nuevas, porque eran absolutamente verdaderas para la fe y para la razón.
Y porque resucitó, todas las palabras que dijo precedentemente, antes de su muerte, adquirieron una luminosidad única, expresaron verdades innegables. Y las primeras, entre todas, aquellas con las que anuncia también nuestra resurrección.
Lo sabía y lo creía porque soy cristiana. Pero ahora estoy doblemente segura: resucitaré, resucitaremos.
Entonces, podré decir a todos los míos, a nuestros amigos que partieron al Más allá y que tal vez, inconscientemente, los damos por perdidos, en vez de: adiós, podré decirles hasta pronto, hasta pronto,  para no separarnos nunca más.
Porque hasta este punto llega el amor de Dios por nosotros.
No sé si he logrado expresar, al menos un poco, la gracia, la luz que he recibido: una confirmación de la fe.
Espero que gracias al Señor haya podido comunicarla a todos los que me han escuchado, como una confirmación de su fe.

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