Palabra  de Vida de enero de 1993

El comentario de Chiara Lubich a este fragmento de la Carta de san Pablo a los Gálatas, propuesto en enero de 1993, es más actual que nunca e invita a una relación profunda y fructuosa con el Espíritu Santo.

La Palabra de Vida de este mes está tomada de una carta que San Pablo había dirigido a los Gálatas en un momento especialmente crítico de su experiencia cristiana.
Sugestionados por falsos maestros, se estaban desviando del Evangelio y el apóstol se apresuró a advertirles poniéndolos frente a los graves errores en los que corrían el peligro de caer: esto es, el de perder el inconmensurable fruto de la redención, el don del Espíritu Santo, que Jesús obtuvo para nosotros muriendo en la cruz.
En el capítulo del que está tomada esta Palabra, San Pablo describe la distancia abismal existente entre una vida esclava del egoísmo y aquella otra totalmente animada y guiada por el amor característico de Jesús y que Él nos lo ha comunicado mediante su Espíritu.

"El fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, benevolencia, bondad, fide­lidad, mansedumbre, dominio de sí; contra tales cosas no hay ley".

Entre los distintos efectos que el Espíritu Santo produce en nosotros y que San Pablo menciona aquí, en primer lugar están todas aquellas expresiones del amor que construyen la unidad entre los hermanos: la paz, la paciencia, la benevolencia, etc. El apóstol los llama “frutos del espíritu”: viniendo a subrayar el nexo lógico existente entre estas expresiones del amor cristiano y la raíz de la que proceden.
En la medida que el Espíritu Santo crece en el cristiano -y esto es obvio que depende de su correspondencia- produce en él los mismos sentimientos, el mismo amor, la misma voluntad de paz y de unidad que son característicos de Jesús. San Pablo a los Filipenses les dice: "Tengan los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús" (Fil 2,5),

"El fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, benevolencia, bondad, fide­lidad, mansedumbre, dominio de sí; contra tales cosas no hay ley".

Otro efecto del Espíritu Santo es la libertad interior en comparación con todas las tendencias desordenadas que quisieran empujarnos al mal y, como consecuencia, una gran facilidad y alegría en el cumplimiento del bien.
En la medida en la que el cristiano está animado por el Espíritu Santo, vive las palabras de Jesús. 
El amor a Dios y a los hermanos, el ir contracorriente, el renunciar a sí mismo para construir la paz y la unidad, se convierten para él en algo natural. El aspecto duro y pesado de la ley (de los mandamientos) parece que ni existe.

"El fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, benevolencia, bondad, fide­lidad, mansedumbre, dominio de sí; contra tales cosas no hay ley".

Entonces, ¿cómo viviremos la Palabra de Vida de este mes?
Ésta refleja una experiencia de vida cristiana y nos presenta una meta que podría parecer reservada a una categoría de privilegiados. En cambio, es la meta a la que el Apóstol quería llevar a todos los cristianos de su comunidad, porque es la meta a la que todo cristiano está llamado por Jesús en virtud del bautismo.
El camino para llegar ya tendríamos que conocerlo bastante bien, pero tenemos que ayudarnos siempre para volver a empezar y volverlo a recorrer de nuevo. El camino consiste en corresponder a la gracia del Espíritu Santo que nos impulsa a vivir las Palabras de Jesús -de un modo particular su mandamiento del amor recíproco- y con Él, abrazar nuestra cruz. Se trata de ser fieles al Espíritu Santo sobre todo en los momentos de prueba, de tentación y de dificultad. De hecho, son éstos los momentos más preciosos, es éste el camino a través del cual los frutos del Espíritu crecerán cada vez más en nosotros.
Además, encontrándonos en el mes en el que se celebra la semana de la oración por la unidad de los cristianos, cuyo lema justamente es esta frase de San Pablo, trataremos de orientar nuestro esfuerzo para que crezcan en nosotros los frutos del Espíritu, especialmente para esa finalidad.
Como nos recuerda el Concilio Vaticano II, la unidad de los cristianos será un don especialísimo del Espíritu Santo. La primera condición para obtener este don es nuestra conversión a Cristo, nuestra renovación interior apuntando a nuestra santificación y así abrirnos al espíritu de amor, de paz y de unidad.

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