Chiara Lubich nació en Trento el 22 de enero de 1920, en una familia de condiciones modestas. De la madre hereda la fe cristiana, del padre socialista, una marcada sensibilidad social. Se recibe de maestra de escuela primaria, en los años 1939-43 se dedicó a la enseñanza. En busca de la verdad, reanuda sus estudios en la Universidad de Venecia, pero no puede continuarlos debido a la Segunda Guerra Mundial. Y es precisamente en esos años oscuros, bajo los bombardeos, que descubre en el Evangelio los valores del espíritu que reconstruyen al hombre y al tejido de la sociedad desintegrada, involucrando gradualmente a personas de todas las edades, categorías sociales, razas, culturas y creencias en los cinco continentes.

En el contexto del derrumbe de todo, en el clima de odio y violencia de la guerra, en 1943, Chiara hizo un “descubrimiento deslumbrante”, inmediatamente compartido por otras jóvenes, de lo único que queda: Dios, que experimenta como Amor. Un descubrimiento que transforma su vida, da sentido a su pequeña historia e ilumina la amplitud de los planes de Dios sobre la humanidad que se les revela cuando, en un refugio antiaéreo, abriendo el Evangelio, se encuentran con la última oración de Jesús: “Que todos sean uno, como tú y yo”. Para realizar esa página gasta su vida. Este es su carisma: la unidad. Es desde la perspectiva de la unidad que lee y vive el Evangelio. El mandamiento del amor mutuo: “Ámense los unos a los otros como yo los he amado”, bajado a la vida cotidiana, suscita la comunión de los bienes materiales y espirituales, se experimenta como “el código para transformar lo social, el paradigma de la unidad sobre el cual reconstruir la sociedad”. El resultado es una nueva corriente espiritual que se encarna gradualmente y se revela como un motor de transformación social, cada vez más universal, ya que el amor y la unidad están inscritos en el ADN de cada hombre.

El interés de Chiara por el hombre y los acontecimientos de la historia es constante. Desde enero de 1944, comenzando con los pobres de los barrios más desfavorecidos de Trento en la década de 1940, Chiara reconoce en los innumerables rostros de dolor, divisiones y traumas de la humanidad, el rostro del Hombre-Dios que en la cruz grita el abandono de su Padre, con la certeza, que se convierte en una experiencia viva, que los ha recompuesto y sanado. Es Él, el corazón de su carisma, quien la lleva a diseñar una Obra vasta y compleja destinada a recomponer en la unidad y en la fraternidad a la familia humana, el Movimiento de los Focolares, un árbol con 27 ramas. La difusión a lo largo de los años se hace mundial, en 182 países, también en países de Europa del Este, incluso antes de la caída de los muros.

Bajo el empuje del drama de la revolución húngara de 1956, da impulso a las primeras realizaciones para la renovación de las diversas áreas de la sociedad, que a partir de 1968 formará el Movimiento Humanidad Nueva, que más tarde se convirtió en ONG, con voz en la ONU. Incluso antes de la revolución cultural de los sesenta, en 1966, lanzó a los jóvenes a ser protagonistas de un mundo nuevo: el mundo unido: nació el Movimiento Gen (generación nueva). Ya en la década de 1970, presagiando los desafíos de la globalización, les indicó que “el hombre-mundo” era el modelo. En 1967 comenzó el Movimiento Familias Nuevas en el que las familias son los primeros actores del renacimiento de la crisis que muestra los primeros signos y apertura en lo social, activando proyectos de desarrollo a través de adopciones a distancia y adopciones internacionales. En el campo cultural en 1990 creó la Escuela Abba, un centro de estudio internacional e interdisciplinario. En los últimos meses de su vida, firma el nacimiento del Instituto Universitario Sophia, que se encuentra en una de las 23 ciudadelas de testimonio, en Loppiano (Florencia), que ella fundó. Ante las graves disparidades sociales que afectan a América Latina, durante un viaje a Brasil, en 1991, inició el proyecto de Economía de Comunión. En 1996, en Nápoles, sentó las bases del Movimiento Político para la unidad. Presenta sus líneas innovadoras en sedes parlamentarias en Brasil, Italia, España, Inglaterra, Eslovenia. Y en un simposio en la ONU, en Nueva York.

Chiara se convierte en la precursora del diálogo en todos los campos que se revela como un camino privilegiado hacia la unidad y la fraternidad: dentro de su propia Iglesia, entre las Iglesias, las religiones, con personas sin ninguna referencia religiosa, con la cultura contemporánea. A partir de la década de 1960, se convirtió en la interlocutora de los principales líderes luteranos y reformados, anglicanos y ortodoxos del Consejo Ecuménico de Iglesias, que encuentra en Alemania, en Liverpool, Londres, Estambul, Ginebra. Su espiritualidad se reconoce gradualmente como una espiritualidad ecuménica de reconciliación. Todavía hoy es compartida por cristianos de 300 iglesias. A fines de los setenta se cruzan las fronteras entre las religiones. Primera mujer y cristiana, en 1981 expone su experiencia espiritual en un templo en Tokio, frente a más de 10.000 budistas. En 1997 se dirigió a cientos de monjes y monjas budistas en Tailandia en Chiang Mai. Unos meses más tarde habló en la mezquita de Harlem (EE.UU), ante unos 3000 musulmanes afroamericanos. En 2001 estuvo en India, en Coimbatore, donde recibió el premio Defensor de la paz por las instituciones gandhianas y luego en Mumbai, donde interviene en instituciones académicas hindúes.

Su trabajo es reconocido, a nivel civil, con los Premios Educación para la Paz de 1996 de la UNESCO, Derechos Humanos por el Consejo de Europa (1998) y con numerosas ciudadanías honorarias; en el campo cultural con la concesión de 16 doctorados honoris causa en varias disciplinas por las universidades de Europa, América y Asia y en el campo religioso con el Premio Templeton para el progreso de la religión (Londres 1977), con reconocimientos conferidos por iglesias cristianas (evangélicas, luteranas, anglicanas y ortodoxas).

“Nunca hice programas”, repitió varias veces. “La partitura está en el Cielo, nosotros tratamos de tocar esa música en la tierra”. El 14 de marzo de 2008, después de un largo período de enfermedad, falleció en su casa en Rocca di Papa. Miles de personas, numerosos obispos y cardenales, personalidades civiles, políticos de distintos partidos, representantes de movimientos católicos, de iglesias y religiones asistieron al funeral. El papa Benedicto XVI, en su mensaje, afirma que Chiara era una mujer “en plena sintonía con el pensamiento de los papas a quienes a veces lograba intuir anticipadamente”.