octubre 2005

 Castel Gandolfo, 3 de octubre de 2005

(De un discurso preparado para los focolarinos, leído por Natalia Dallapiccola el 24/10/2005)

Para este Jubileo especial establecido por el Papa Francisco, el comentario que Chiara Lubich hizo en 2005 a dos cartas que ella había escrito en los años ‘40 abre a una confianza ilimitada en Dios que es Perdón. 

Un fruto de Jesús Abandonado que no hemos puesto de relieve bastante, pero que también está presente en las cartitas de los primeros tiempos del Movimiento, es la fe segura en la misericordia de Dios, la certeza del perdón de los propios pecados. Estas breves líneas son significativas:

“Cree, cree en el Amor: Si dio todo por ti, perdonó todo desde el primer momento en que vio tu pesar. Deja de lado los escrúpulos. ¿No crees que Jesús es capaz de perdonarte, después de que por ti fue abandonado en la cruz? (11.01.45).

“Sé que caerás. Yo también caigo a menudo, es más, siempre. Pero cuando levanto la mirada hacia Él, y lo veo incapaz de vengarse porque está clavado en la cruz por un exceso de Amor, me dejo acariciar por su infinita Misericordia y sé que sólo ella debe triunfar en mí.

¿Para qué, si no, sería infinitamente misericordioso? ¿Para qué, si no fuera por nuestros pecados?” (Agosto ’45).

Más significativo todavía es un párrafo de la siguiente carta. Está dirigida a dos religiosas de Rovereto; el tema es la unión con Jesús, y el medio indicado para alcanzarla, paradójicamente, es uno solo e inesperado: nuestros pecados. 

Esta carta es una demostración clara de que en la vida nueva que habíamos emprendido no confiábamos absolutamente en nosotros mismos. No nos deteníamos ni sobre nuestros pecados, ni sobre nuestros supuestos méritos. Al contrario, más bien sentíamos rechazo por cualquier forma de repliegue sobre nosotros mismos, aunque fuera espiritual. El carisma nos impulsaba a amar, a ‘vivir fuera’, y a apoyarnos únicamente en Jesús, con una confianza total en Él.

Aunque expresada con palabras diversas, esta actitud de total abandono en Dios es una límpida realización de lo que dice San Pablo con respecto a la justificación por medio de la fe. Sólo el amor de Dios manifestado en Jesús crucificado y abandonado nos salva, y le demostramos nuestro agradecimiento en la medida en la que nos abandonamos completamente en sus manos.

“Hermanitas mías, para hablarles de esto (de la unión con Jesús) querría tenerlas aquí a mi lado, porque querría ver y sentir con qué profundidad estas palabras caen en su alma. Pero Jesús lo quiere así, y que así sea.

Él es quien hace todo.

Para unirnos a Jesús (única meta de nuestra vida, en especial de nosotras, que nos hemos donado totalmente a Él) tenemos un solo medio: nuestros pecados. 

Es necesario quitar del alma cualquier otra idea. Y creer que Jesús se siente atraído por nosotros solamente por la exposición humilde, confiada y amorosa de nuestros pecados.

Nosotros, por nuestra parte, no tenemos y no generamos más que miserias.

Él, por su parte, en cuanto a nosotros se refiere, no tiene más que una cualidad: la Misericordia.

¡Nuestra alma se puede unir a Él solamente cuando se le ofrece como regalo, como único don, no las propias virtudes sino los propios pecados!

Porque el alma que ama conoce los gustos del amado, y sabe que Jesús vino a la Tierra, se hizo hombre, y en lo profundo de su corazón humano divino anhela sólo una cosa:

¡hacer de Salvador,

hacer de Médico! 

no desea más que esto.

“Fuego he venido a traer sobre la Tierra y qué quiero sino que se encienda?”

¡Es un fuego devorador el que ha traído, y sólo quiere devorar miserias, encontrar miserias para consumirlas!

¡Oh Jesús mío, Tú conoces mi incapacidad! Pero Tú puedes obrar el milagro: atrae a estos dos corazones para que comprendan profundamente tu Misericordia!

¡Yo sé que el peso de tu Misericordia, que es desconocida, te oprime el corazón, porque tienes una riqueza infinita para los hombres, que podría santificar a todos, y nadie sabe aprovecharla para tu Gloria!

Jesús, Jesús: haz de estos dos corazones dos Cirineos que te ayuden a llevar el peso de tu Misericordia y pasen por el mundo distribuyéndola a manos llenas a todos los corazones, para que impactados todos por tu inmenso Amor sepan cuál es el Camino para llegar a Ti, la mayor felicidad!

Hermanitas mías: acérquense a Jesús muchas veces, siempre, a Él, que vive en sus corazones, y confiésenle sus pecados en cada momento.

Recojan cada imperfección, cada sentimiento imperfecto, cada fruto de la propia humanidad, y ¡ofrezcan todo a Él!

Con humildad (= conscientes y seguras de que, por su parte, ninguna otra cosa tienen para darle).

Con amor (= con el alma totalmente orientada al Amado: seguras de que Él las mira con un amor que crece tanto más cuanto más le confiesan todas las sutilezas de su mal y castigan más sutilmente el amor propio).

Con confianza (= segurísimas de que nada desea más que ‘ser Salvador’, que aprovechar su Sangre, ¡que santificarlas! De hecho, ¿para qué serviría su Misericordia si no encontrara miserias? ¡Jesús, Misericordia, no desea más que miserias!)

Creamos.

Debemos encender en nosotros la fe en su Misericordia.

Debemos poner en práctica esta fe, en cada momento.

Concluyendo:

Unámonos a Dios así:

a) Con la confianza (creo-conozco-sé y vivo de acuerdo a mi fe en su Misericordia)

b) Por medio de nuestras miserias (recogidas en cada momento y ofrecidas con humildad, confianza y amor).

¡Oh, entonces, cuántas, cuántas gracias del Cielo! ¡Cómo abrirá Jesús su costado santo y dejará caer la lluvia del milagro! Él trabajará en nosotros y en lugar de cada miseria dejará una llama de amor por Él. Es así” (03.10.46)

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